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Comentarios literarios

sábado, julio 15, 2006

LITERATURA Y SUBLITERATURA

LITERATURA Y SUBLITERATURA


por Juan Carlos Abril




La subliteratura se apoya principalmente en el mercado y en la inexperta opinión del público. La subliteratura se vende como si fuera literatura y, en este sentido, se nutre de subcrítica. Obviamente en el término sub se esconde una valoración de calidad, un apelativo, el de mala literatura, pero con una salvedad bastante significativa: la subliteratura pretende suplantar a la verdadera literatura, se erige en su simulacro, la suplanta en muchos casos. Los estantes de los hipermercados avalan esa subliteratura que ya ha suplantado a la literatura. Ahora bien, la subcrítica se apoya en los suplementos literarios de los periódicos, y suele camuflarse entre al literatura real: la subliteratura es la verdadera lacra de la literatura, potenciada por los efectos mediáticos y por cualquier fenómeno o boom, que enmascaran operaciones editoriales y comerciales. Las ediciones de obras que acaban de estrenar series en televisión, por poner un ejemplo, demuestran que el público no conoce la literatura, y que se enfrentan ante la falacia del marketing o ante subliteratura sin saberlo.
De otro modo, el principal factor de peligro para la literatura -para la calidad de los textos- se encuentra en una óptica esencialista de una literatura que parte de una única visión (id est pensamiento único), la cual se haya en el centro, y las demás propuestas literarias son consideradas asimismo peores; me refiero a la creación de un canon oficial y otro del extrarradio: así el aparato paratextual y crítico de un omento determinado corre paralelamente a esas propuestas de literatura de creación, y así la subliteratura lo tiene todo de su parte, existiendo, por tanto, una aparato subliterario tan importante como el literario, camuflado en éste, y que utiliza sus mismos mecanismos de difusión, descripción e interpretación, pero que, en última instancia, los supera, los desborda, y más aún, los anula, infiltrándose en ellos, utilizando sus propias estructuras. Quizá sea aquí donde se halla uno de los puntos de reflexión más importantes: ¿cómo distinguir la buena de la mala literatura? ¿Estamos en manso de una crítica desaprensiva, sin escrúpulos y altamente miserable? ¿O en manos de educadores que deberían ser educados a su vez? La subliteratura forma estantes de bibliotecas públicas y privadas, no sólo de gente sencilla sino también de críticos, y nadie es capaz de evitarlo. Más aún, el entramado que rodea a al a subliteratura no es simple sino inversamente proporcional a esa sencillez de las personas que compran masivamente el último Premio Planeta, por poner otro ejemplo obvio.
Si la literatura se ha convertido en el planfleto y amiguismo (la cultura no debiera permitir amiguismos) en el hablar de oídas, en el flirteo de cócteles, en la ostentación de premios, en la reseña fácil, en la fama o en el enriquecimiento, habría que observar a esas ciertas literaturas con lupa para diseccionarlas, analizarlas, y, sobre todo, explicarlas y compararlas. La creación de un gusto -que es una categoría burguesa, kantiana- confirma todas esas sospechas y es, por tanto, el momento de las antologías (no el de los antólogos), pues éstas exhiben contractivamente diferentes propuestas, resumen vidas y carreras literarias, muestran textos con respecto a otros. Aún así hay que tener en cuenta que existen ciertos autores que tienen de su parte a cierta crítica, y que el poder en literatura se ejerce como en cualquier otra instancia: con sus corruptelas y abusos, con su iniquidades; y es ahí donde habría que comparar no sólo los textos, sino los de esa crítica, quiénes son y a dónde han llegado, hacia dónde se dirigen y a qué intereses responden. Porque al fin y al cabo lo que se pone en juego son esos intereses tan estrechos a la amistad o al favoritismo, es el prestigio y el enriquecimiento personal, algo que se extiende hacia un extracto social, un grupo o élite que domina o, por decirlo con otras palabras, una clase dirigente -en términos gramscianos- y hegemónica. ¿Pero a qué clase nos estamos refiriendo? Que cada uno saque sus propias conclusiones. En Las reglas del arte se ponen de manifiesto algunos de estos mecanismos. Otro ejemplo: actualmente decir Pérez Reverte -¡académico de la lengua!- no significa casi nada para el estudioso de la literatura; y podrías citar más autores, internacionales o españoles: desgraciadamente existen demasiados paradigmas -y menos evidentes- de esa subliteratura. El hecho de que un ingente grupo de la población haya accedido masivamente a los libros, no significa que éstos hayan subido de calidad, antes bien, ha descendido muy significativamente, porque la realidad del individuo postmoderno ha creado la falsa conciencia de aquel que se cree un genio, la falsa conciencia de quien cree que es portador de esencias misteriosas que sólo él conoce, construyendo auténticos monumentos a su subjetividad, incluso entronizándose.
Es curioso cómo en poesía se puede descubrir este entramado de envenenamiento antes que en otros géneros. Las nuevas voces están completamente huecas y responden a entramados editoriales antes que a cualquier otra cosa. La confusión posmoderna ha creado esta melange, este revoltillo donde todo vale. En definitiva el público acaba por no saber qué es literatura, puesto que se guía por una crítica de suplemento y revista dominical que se basa en parámetros paraliterarios. Las razones por las que este despropósito sigue adelante no sólo se sitúan en nuestro modo de producción, el cual supera a su determinación económica -aunque en última instancia sea ésta la que alimente a un grupo de agentes: autores, críticos, editoriales y público- sino que configuran un perfecto sistema que mezcla espacios políticos e ideológicos, tanto individuales como culturales. Digamos que se ha conformado un nuevo sistema literario que segrega su propio modo de producción de textos, un modo de producción totalmente diferente a lo que existía antes de nuestra cultura de masas. Se segregan más textos, pero de meneos calidad.
En el horizonte posmoderno se ocultan el sol de la literatura y las auctoritates; en cambio, los falsos casos literarios nos ciegan, nos nublan la vista, y sólo una ardua abor de teóricos y personas muy bien formadas y preparadas -en el sentido gadameriano- pueden despejar ese lío: la literatura se enfrenta a su propio fantasma, acosada por la subliteratura, y éste puede ser uno de los factores que hagan diseminar el concepto de literatura ante la ausencia de referentes literarios reales, ante la ausencia de autoridades reales. Esto ha creado ya un despiste general del lector, que se guía por premios y por publicidad de los autores y sus obras, y que acaba ingiriendo bolos subliterarios. En resumen, la labor para limpiar a la literatura de la subliteratura quizá sea una tarea imposible, ya que no existe marcha atrás en unos tiempos que no perdonan que el propio tiempo pase. Porque gran parte de los escritores no quieren escribir buenas obras literarias sino ser famosos y cubrirse de dinero con un libro. El escritor -como categoría- está desapareciendo, y sólo quedan muy pocos. Una gran mayoría de los denominados ‘escritores’ son sólo pseudoescritores, id est subnovelistas, subpoetas, subcríticos, etc. Y porque no hace falta escribir una buena obra literaria para forrarse de dinero vendiendo libros, a la gente no le preocupa escribir una buena obra maestra. Es cierto: nunca ha importado demasiado. Ya se sabe que cualquier famoso hoy día escribe sus memorias o, los más avezados, hasta una novela. ¡Es sencillamente ridículo!




















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